Mandados caseros

A traer en el porongo de aluminio / la leche de las señoritas Meza, / o el pan del horno de las tías Merino, / aquellas de los mejores bizcochos de Cajamarca. / O ir al doctor Ravines por la receta magistral / o, más después, a la farmacia del doctor Vílchez, / con un “me lo anota don Eduardo”. / El mercado diario y al fíe hasta fin de mes / en el puesto del señor Estrada, / o las salchichas y rellenas, y los bofes para los gatos, / de las revendonas; / cargando las canastas de mimbre o de carrizo, / con los productos simples y naturales. / Las acuñas de mi tía Corina, / estiradas como en un malabar / por sus regordetas manos. / O la vianda de tres cuerpos de fierro enlozado, / para traer el reparador plato del Salas / cuando alguien estaba enfermo / o demandaba una dieta especial. / O las anilinas para teñir ropas o lanas, / o el alumbre para el susto, / de tiendas añejas, oscuras, con cientos de cosas. / O, encargos más complicados, / como anda de mi parte -materna o paterna- / y préstale al señor fulano y hasta el 30 del mes, para que alcance para algún apuro. / Mandados familiares, sencillos, caseros, cotidianos, / hechos a pie, por las vacías calles de la Cajamarca de ayer. / Ya nadie hace estos mandados, / ya nadie casi va a tiendas o bodegas pequeñas. / Ahora son grandes bazares, o mega mercados, o cadenas de farmacias, / de productos enlatados, acartonados, plastificados, / muchos ordenados por teléfono, wasap o internet. / Tiempos que se fueron, que nunca volverán, / de los que los muchachos de hoy ya no están al tanto. / Recuerdos añosos, corrientes, bucólicos, / que cuando peinamos canas vuelven a vivirse.

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