RESURRECCIÓN EN LOS TEJADOS

Aquella tarde, como otras veces, llovió como si el agua del cielo estuviera dispuesta a recuperar la laguna que fue en tiempos inmemoriales la pequeña ciudad asentada entre la planicie y las laderas cada vez menos altivas.

La creciente que ingresaba ruidosa por la calle recién asfaltada que descendía del camino de herradura, atravesada la calle principal, la plaza, el parque, sumadas las repentinas calles afluentes, terminaba, en la parte baja, que daba a los solares, antes y después del pequeño río, efectivamente, como una inmensa y distendida laguna, alzada hasta los ramales de los sauces y las ventanas de las pocas casas de tierra dispersas en la pampa.

Si no fuese por la quebrada que cortaba los cerros calizos, al pie de la ciudad, para perderse, pedregales adentro, en el valle, que fungía de desembocadura, la ciudad toda hubiera sido inundada por las violentas aguas reunidas en la explanada, cargadas de palos y canto rodado, que traían de las faldas, y de vajillas, bacinicas, zapatos y demás humanidades, que hurtaban de las casas ubicadas en las esquinas, donde su caudal se bifurcaba.

Cesada la golpiza, que no era el fin del mundo, después de todo, la ciudad volvía a respirar, temblorosa, pero segura de sus tejados resurrectos.

Las puertas se iban abriendo tímidas, surcadas por la cal de las paredes. Menester asomarse. Aún se tenía la oportunidad de ver, tras las oscuras nubes en retirada, los últimos resplandores del crepúsculo, indispensables para cruzar los puentes en la profundidad de la noche.

En la esquina de la cuadra, doña Noemí, como una aparición, trataba de retirar, con una escoba de sorgo, el sedimento que había sellado la puerta de su tienda. Pronto llegarían los vecinos a comprar chocolate.

En la pampa, los damnificados echaban de menos su ganado y trataban de recuperar sus enseres de entre el lodazal que consumía los cimientos de sus casas derruidas.

Sería una noche de cielo estrellado y, por tanto, de frío intenso. Tiempo de caminar, bajo las luces de neón, débiles como velas expuestas al viento, por las calles húmedas y desoladas, contemplando, en forma inconsciente, quizá, la Cruz del Sur, mientras se conversa, la mayor de las veces sin pronunciar palabra.

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